Las mujeres en y ante la guerra

Durante el asedio a la ciudad de Berlín, en 1945, una mujer anotó en su diario una de tantas escenas de guerra que, a continuación, resumo: un grupo de mujeres espera su turno para poder coger agua en una de las ya escasas fuentes que quedan. De repente un proyectil cae no muy lejos de donde se encuentran y el grupo apenas se mueve. Nadie se arriesga a perder su puesto: “…se mantuvieron en pie, como muros” puede leerse en sus notas. Hay que imaginar una ciudad en ruinas, ya casi sin soldados que la defiendan, tan sólo con adolescentes pertenecientes a las juventudes hitlerianas y con una población escondida en los refugios; el constante tronar de los casi cinco mil cañones del ejército soviético que, desde hace ya bastantes semanas, dispara prácticamente sin interrupción sobre lo que fue la capital del III Reich.

Como ciencia que intenta desvelar y explicar el pasado de los seres humanos, parece claro que no se ha prestado suficiente atención a los diversos roles que fueron asumidos por las mujeres en los conflictos armados que han existido. Esta tendencia, afortunadamente, ha cambiado en dos aspectos esenciales: el primero es la mayor presencia de historiadoras en el trabajo de investigación, publicación y difusión; el segundo, la toma de conciencia por parte de los historiadores de la importancia del papel de las mujeres en el devenir histórico. Entre los múltiples aspectos a desarrollar por la historiografía, éste que nos ocupa: el papel de las mujeres  en y ante la guerra pues, en contra de lo que pudiera pensarse, también ha existido, de forma colectiva e individual y en todas las épocas históricas.

Las mujeres siempre han participado de una forma u otra en los conflictos armados. La Antropología cultural describe el comportamiento de hombres y mujeres pertenecientes a  las sociedades cazadoras-recolectoras en los enfrentamientos con otros grupos. La evidencia arqueológica, también,  muestra en yacimientos de Europa del Este o en Escandinavia que las mujeres participaron de forma activa en la violencia de la guerra en la Época Antigua. Los textos clásicos griegos y romanos, aun acordando que la guerra era una función masculina, muestran la existencia de casos de participación femenina en la misma, por lo que no es aventurado afirmar que la figura de la mujer guerrera ha sido distorsionada hasta hacerla cuadrar con los modelos patriarcales del Mediterráneo antiguo. En los siglos correspondientes a la época medieval el patrón de comportamiento mayoritario femenino ante la guerra, en la Europa feudal, definido por la marginación establecida por los poderes políticos y religiosos, no impidió que se desarrollaran ejemplos significativos de respuesta contraria: es el caso de mujeres destacadas de la nobleza y realeza que dirigieron y organizaron la defensa de las ciudades ante el asedio de las mismas: ayuda y cuidado de los heridos, suministros de agua, de munición y, cuando era necesario, participando en la lucha ( tal y como ocurrió en las Guerra de las Alpujarras). Es correcto afirmar que las mujeres no formaron parte de los ejércitos regulares que definieron la formación de los Estados Modernos nacidos a partir del siglo XVI, pero sería incorrecto ignorar que estos ejércitos eran seguidos por caravanas de civiles formadas por mujeres, hijos y criados, además de prostitutas.

Pero ha sido en las guerras de la época contemporánea (en especial tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial)  donde las mujeres se han distinguido por su notable actuación. La abundancia de fuentes textuales  y visuales, además  de las orales, nos muestra su decidida actuación frente al Nazismo, bien en las líneas de combate( francotiradoras, aviadoras, participantes en los grupos de partisanos, milicias femeninas) o bien en la retaguardia (espionaje, funciones de enlace, redes de evasión, cuidado de los heridos, defensa pasiva);y todo ello sin olvidar su participación en la economía de guerra, ocupando los puestos de trabajo que habían dejado vacantes los hombres para seguir, mientras tanto, con el cuidado de los hijos y hogares.

Escribo estas líneas cuando los conflictos armados de carácter civil siguen aumentando. En el año 2001 eran un total de treinta y, en 2016, superaron los setenta. La tendencia, en 2019, no ha sufrido cambios que permitan ser optimistas y, así, la guerra civil del Sudán del Sur es uno de los diez conflictos que  ha empeorado a lo largo del último año. A éste hay que añadir otros 14 conflictos que se mantienen abiertos en la actualidad. Por ejemplo la guerra de Siria, la segunda con más víctimas mortales y la que más personas ha obligado a desplazarse —ya sea fuera o dentro del país— es uno de ellos. Desde  Birmania hasta México pasando por Afganistán, Turquía, Yemen, Somalia, , República Centroafricana y República Democrática del Congo hay conflictos, guerras olvidadas porque ya no aparecen en los medios de comunicación, pero  que siguen enquistadas y cuyo final no es demasiado difícil de predecir. Lo que es seguro es que, nuevamente, más del setenta por ciento de las víctimas serán civiles. Una vez más, tristemente, las calles volverán a poblarse de mutilados e inválidos y los cementerios acogerán el silencio. Como muy acertadamente se ha  escrito: la guerra es lo que ocurre después. La sociedad se embrutece y todo queda destruido. En medio de todo ello las mujeres se ven ante un futuro marcado por la necesidad de reconstruirlo todo una vez más.

El sufrimiento de las mujeres en un contexto de guerra es doble: constituyen, como se explica más adelante, un objetivo más para los atacantes y, además, cargan con prácticamante toda la responsabilidad de comenzar de nuevo.

“Los combatientes decían: ¿qué es una mujer? Una mujer no es nada, podemos pisar a las mujeres y hacer con ellas lo que queramos” (testimonio de un soldado en la guerra de Liberia). En los conflictos étnico-religiosos que tuvieron lugar en la India, en 1947, conflictos que enfrentaron a las comunidades hindú, musulmana y sikh, las mujeres fueron alentadas por sus dirigentes hombres a suicidarse, pues les decían que era preferible morir y evitar la deshonra producida por la violación que sufrirían a manos del enemigo. En todas, en absolutamente todas las guerras, las mujeres son objeto de la violencia y ello se explica porque, primero, eliminar a las mujeres limita el número de soldados a corto y medio plazo pero, segundo y no menos importante, contribuye al fin de la transmisión de valores en un grupo social.  En este sentido, la violación,  provoca heridas muy profundas y siempre, siempre, las mujeres salen perdiendo. “Dos  chetniks (guerrilleros serbios) obligaron a mi hermana menor de diecisiete años a entrar en la casa, la llevaron al sótano y la violaron. Sólo pude escuchar sus gritos” ( Eva, refugiada bosnia, en un campo de prisioneros de Zagreb). En la Segunda Guerra Mundial los oficiales del ejército y de las SS alemanas, al igual que ocurría con los oficiales del ejército soviético, permitían y animaban a sus soldados a violar a las prisioneras pues el daño inflingido sería terrible: a los ojos de sus maridos y de sus familias aquellas mujeres perdían la consideración social y quedaban excluidas del grupo. Los alemanes consideraban a los pueblos eslavos como racialmente inferiores y, a su vez, éstos manifestaban los mismos sentimientos hacia los alemanes. La violencia sexual se ejercía sobre las mujeres, aunque iba dirigida a lograr quebrantar y desmoralizar a los hombres. Desde el punto de vista del atacante lo que las mujeres pudiesen sentir les era bien indiferente. La violencia se llevaba a cabo ante los ojos de la familia, con lo que aumentaba la vergüenza y la marginación futura. Muchas, al quedar embarazadas, fueron obligadas a abortar o, en el mejor de los casos, a entregar el hijo en adopción. “A las mujeres nos trataban como a una mercancía. Cambiaban nuestros cuerpos por comida” (Agnes, dieciséis años, prisionera en la guerra de Liberia). Entre 1931 y 1945, entre cien mil y doscientas mil mujeres coreanas fueron torturadas y violadas por soldados japoneses. Las mujeres constituyen, en la óptica bélica, un preciado botín de guerra: raptadas para ser vendidas en redes de prostitución, para complacer a los combatientes, para ser blanco fácil en las zonas más peligrosas del frente de combate…

 

Sin embargo, y siendo cierto todo lo anterior, la imagen de las mujeres en la guerra no ha sido correctamente representada. Junto a una mujer que aparece como víctima triste y desamparada no puede olvidarse que, también, existen ejemplos de lo contrario. Así, y por citar entre otros muchos, en la guerra de El Salvador las mujeres empuñaron las armas y otras muchas mostraron un enorme orgullo al recordar que fueron ellas las que habían incitado a los hombres a cometer actos violentos. En la guerra que se desarrolló en Sri Lanka (antigua Ceilán) una mujer de la etnia tamil afirmaba: “La participación en la lucha es la opción de nuestro tiempo. En lugar de morir gritando al ser violada por un ejército agresor, es un alivio enfrentarte al enemigo con tu propia arma”. Numerosos testimonios confirmaron que, en el combate, las mujeres fueron incluso más crueles que sus compañeros. “Si yo fuera una de las combatientes me sentiría avergonzada. Se supone que una mujer es alguien con un caráter afectuoso, capaz de analizar, de amar y de cuidar a los pequeños….pero fueron muy duras y agresivas, incluso con los bebés y los niños” (Elise, de la etnia cingalí, enfrentada a los tamiles). La identificación de las mujeres con la guerra depende en gran manera del tipo de conflicto. En Uganda, por ejemplo, ellas consideraban que la guerra era una lucha sin sentido alguno, en la que lo único que movía a los hombres era la codicia y el deseo de poder. Sin embargo, en la guerra de Etiopía, las mujeres afirmaban que se trataba de una lucha por la justicia política y el progreso social, especialmente por el progreso de las mujeres, idea muy similar a la que defendieron las milicianas españolas del bando republicano durante la Guerra Civil española.  En la guerra del Vietnam las mujeres manifestaron su apoyo en las labores de espionaje y en los movimientos guerrilleros, además del apoyo en la retaguardia atendiendo a los combatientes heridos. “en 1973 todavía luchábamos contra los tanques. Había un equipo de mujeres guerrilleras. Colocaban explosivos de relojería en manojos de hierba para matar a los enemigos” (Bao, integrante del ejército de Vietnam del Norte)

Las guerras acaban y, nuevamente, hay que seguir adelante. Es entonces cuando las mujeres, reprimiendo sus sentimientos de dolor y de miedo, comienzan la reconstrucción. Sus palabras son más gráficas que las mías propias: “Nosotras, las viudas de guerra, que hemos experimentado los problemas en nuestra propia piel, siempre estamos muy ocupadas. Siempre estamos preocupadas por la comida de nuestros hijos y de cómo cuidarlos, porque nos hemos convertido en madre y padre a la vez” (Khadro, viuda, en la guerra de Somalia); “por la noche me siento sola con mis tres hijos. Entonces es cuando siento el dolor de la tragedia: mi marido, su padre, sus hermanos. Todos murieron el mismo día al explotar la bomba” (Rathie, viuda, en la guerra de Sri Lanka); “en cualquier guerra las mujeres tienen que soportar el peso y seguir. Las refugiadas, en un espacio diminuto, cuelgan el sari y crean un hogar para lo que queda de su familia” ( Nirmal, en la guerra entre India y Paquistán); “si me sentara en un rincón y llorara, quién alimentaría y cuidaría a los niños” (María Alicia, en la guerra civil de Nicaragua).

A pesar del enorme poder de recuperación y de la confianza en sí mismas, reforzada por las correientes de solidaridad femenina que se establecen entre ellas, no pueden evitarse las terribles secuelas que toda guerra conlleva. La primera de ellas  es la depresión subsiguiente al desarrollo del enfrentamiento armado: familias desechas y nulas posibilidades de encauzar una vida normal. En segundo lugar, y muy especialmente en los conflictos étnicos y religiosos, aprender a convivir con aquéllos que, escaso tiempo atrás, han sido el enemigo y, muy probablemente, los responsables de la muerte del marido, de los padres, de los hijos.

El fin de la guerra no resuelve las tradicionales desigualdades entre hombres y mujeres que se marcan en las diferentes culturas y países. Los hombres recuperan rápidamente sus posiciones de privilegio y las mujeres vuelven a quedar sumidas en un segundo plano. Finalmente, la destrucción económica que comporta una guerra obliga a las mujeres a hacer o que sea necesario para aportar un sustento económico a sus hogares. En mitad de todo este patético panorama la preocupación de las mujeres es construir un futuro mejor y, por ello, manifiestan con claridad sus deseos de una mejor educación para sus hijos. “Es importante que las próximas generaciones entiendan lo que hemos vivido, así no se repite lo mismo…si se olvida la historia olvidamos todo”, dijo Esmeralda al acabar la guerra de El Salvador. Son sus hijos los que le dan la fuerza necesaria. Así lo expresan todas las mujeres que han pasado por el trance de la guerra. Una refugiada bosnia dijo de su hijo: “Sin su apoyo no sé si estaría viva ahora. Da significado a mi vida. Es la única luz en mi vida. Tengo que luchar por mi felicidad futura”

Cuando estoy terminando de escribir estas líneas quiero pensar, quiero creer que todo el horror de la guerra, algún dia, será sólo un triste recuerdo. Pero de lo que sí estoy seguro es que las imágenes de televisión ocultarán a todas las mujeres que, no sólo en Iraq sino en todas las guerras (eufemísticamente denominadas de “baja intensidad”), una y otra vez, tras enterrar a sus muertos, volverán a comenzar.

“Las mujeres tiene muchas ganas de trabajar. Se ayudan uniendo sus recursos y sus fuerzas. Se juntan para abrir una tienda, generalmente en grupos de cinco o seis. Las que sabeb leer son las que llevan los libros de cuentas y deciden los precios. Las que no, se dedican a la venta, a contar y hacer el balance de las ganancias del día” (Amina, tras el fin de la guerra en Somalia).

Por José Miguel Hernández

 

FUENTES CONSULTADAS:

  • NASH, Mary-TAVERA, Susanna (eds.) “Las mujeres y las guerras” Icaria-Antrazyt Barcelona, 2003.
  • SANTIRSO, Manuel-GUERRERO, Alberto (eds.) “Mujeres en la guerra y en los ejércitos” Catarata, Madrid 2019.
  • PANOS INSTITUTE “Armas para luchar, brazos para proteger” Icaria-Antrazyt Barcelona 1995
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